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16 de marzo de 2011

El juego de la providencia

Los días pasan y mis pensamientos se trasladan sin rumbo,
desde el más mundano de los hechos diarios
hasta la más trascendental de las ideas eternas.
Bebo e ingiero cuando casualmente llueve por los lugares que frecuento
sin importarme lo más mínimo mi caprichosa voluntad ni el camino que llevo.

Disfruto parones y arrancadas por igual,
la serpiente cabalgante me tiene a su merced.
Yo me alegro, porque puedo, porque tengo mi puente de madera,
porque hace años que semanalmente cuido sus trabajados cimientos
y, de una forma u otra, eso me permite respirar, tras siglos de hiperventilación.

El letargo ya no dura ni más ni menos de lo que debe,
me agarro a toda causa final sin pensar siquiera intervenir.
¿Para qué? Los dioses mueren por inmortales que sean,
y yo ando a lomos de su infinita y voluble providencia.
La providencia es, ahora mismo, un juego en el que siempre gano.

Victorioso me he levantado otras veces, tras profundas luchas,
pero ahora lo hago porque me se las reglas, porque domino la partida,
porque no hay quien me pare y porque yo me inventé como jugar.
Y esos dioses que me manejan a su antojo, según su providencia,
ciertamente yo los creé, y en mi poder está que mueran, por inmortales que sean.

3 de marzo de 2009

Controling my feelings for too long (Bebiendo mil demonios)

En un paisaje de ensueño
me bebo mil demonios
y me entrego a la entereza del saber.

No he sabido conjugar mi memoria
con el peso de la ciencia prematura.
Aun no he visto como coge la forma
esa habilidad que adoro
y que de mi siempre se oculta.

El martillo en mi cabeza
golpea una y otra vez,
se alimenta de la sed del alma
de aquel niño que no tiene que comer.

La más mínima incidencia
patea esos mil demonios
y la más leve de las tareas
representa la ardua búsqueda
de ese amor siempre soñado.

No se si entregarme a ti,
y desaparecer.
No se si violarme en ti
y asi resurgir
de la tumba que me ata,
que me asedia con preguntas.

En las ruinas de la historia
encuentro mi único consuelo.
Ahí mis demonios se encuentran agusto
si me entrego a la apatía,
si me dejo llevar por las ofensas
de la pasividad.

7 de febrero de 2009

Dentro de un bunker en la inmensidad de lo incierto

En esta habitación tan llena de soledad.
En un bunker hasta arriba de recuerdos,
que no he podido conocer ni tendré nunca
oportunidad de saborear en mi cerebro.

Aquí me encuentro y me temo no salir
más que por la via de la obligación
pero todos necesitamos siempre, en ocasiones,
un descanso en un rincón de este tipo.

Escucho mi pena y me como la rabia,
vomito miedo y no digiero sentimientos.

En la distancia se encuentran
aquellos detractores de la pobreza.
Ni más razón ni menos tienen,
solo opiniones e instintos naturales.

Estoy a tantos años luz de todo eso,
a tanta distancia del más lejano de mis pasados,
que no existen fuerzas con que volver.

Escucho mi pena y me como la rabia,
vomito miedo y no digiero sentimientos.

Desde este bunker miro al vacio
y solo me encuentro con una opción posible:
rellenaré mi futuro en el presente
y me quedaré con lo bello de lo incierto.