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10 de marzo de 2010

Con la espada en la pared

Con la espada en la pared y el corazón en un puño
me entrego a la locura de la velocidad.
Mi mente se fermenta y acaba produciendo
un cuerpo de censura, este estado de sutura.

En plena noche gris, en una noche salvaje,
dejarse llevar no mereció tanto la pena.
Me quedo embobado por emociones que desmerezco,
sin capacidad de razonar discurso coherente.

Entregado por completo ya al desfile de imágenes,
duermo, paciente y precipitado, esperando no se que.
Que las estrellas se levanten,
que me abracen, que me quieran.
O yo mismo levantarme,
abrazándome a mi mismo,
adorando mis delirios.