Me cambio de camisa como el que se cambia de zapatos.
Me desnudo entre molinos, estado de espera indefinido.
Luego, con prisa y llegando tarde, me visto de nuevo.
¿Cuánto dura un sin sentido si no he comprado mi boleto?
De salida a no se donde, mucho menos de llegada.
A la intemperie cuelgan mis pasiones.
Los demonios tratan de volver mientras yo
los mantengos lejos, apagando mi imaginación.
Imaginación que vuela si no estás a mi lado tu,
dulce píldora del presente, salud vestida
de presidencia y de locura.
Ahora me visto por unos días, sin saber si durará,
esperando remesas de verano, esperando remesas de fantasía.
Me tengo en pie sin saber bien como pero,
lo que es seguro, es que tengo encarrilada la batalla.
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5 de junio de 2011
16 de marzo de 2011
El juego de la providencia
Los días pasan y mis pensamientos se trasladan sin rumbo,
desde el más mundano de los hechos diarios
hasta la más trascendental de las ideas eternas.
Bebo e ingiero cuando casualmente llueve por los lugares que frecuento
sin importarme lo más mínimo mi caprichosa voluntad ni el camino que llevo.
Disfruto parones y arrancadas por igual,
la serpiente cabalgante me tiene a su merced.
Yo me alegro, porque puedo, porque tengo mi puente de madera,
porque hace años que semanalmente cuido sus trabajados cimientos
y, de una forma u otra, eso me permite respirar, tras siglos de hiperventilación.
El letargo ya no dura ni más ni menos de lo que debe,
me agarro a toda causa final sin pensar siquiera intervenir.
¿Para qué? Los dioses mueren por inmortales que sean,
y yo ando a lomos de su infinita y voluble providencia.
La providencia es, ahora mismo, un juego en el que siempre gano.
Victorioso me he levantado otras veces, tras profundas luchas,
pero ahora lo hago porque me se las reglas, porque domino la partida,
porque no hay quien me pare y porque yo me inventé como jugar.
Y esos dioses que me manejan a su antojo, según su providencia,
ciertamente yo los creé, y en mi poder está que mueran, por inmortales que sean.
desde el más mundano de los hechos diarios
hasta la más trascendental de las ideas eternas.
Bebo e ingiero cuando casualmente llueve por los lugares que frecuento
sin importarme lo más mínimo mi caprichosa voluntad ni el camino que llevo.
Disfruto parones y arrancadas por igual,
la serpiente cabalgante me tiene a su merced.
Yo me alegro, porque puedo, porque tengo mi puente de madera,
porque hace años que semanalmente cuido sus trabajados cimientos
y, de una forma u otra, eso me permite respirar, tras siglos de hiperventilación.
El letargo ya no dura ni más ni menos de lo que debe,
me agarro a toda causa final sin pensar siquiera intervenir.
¿Para qué? Los dioses mueren por inmortales que sean,
y yo ando a lomos de su infinita y voluble providencia.
La providencia es, ahora mismo, un juego en el que siempre gano.
Victorioso me he levantado otras veces, tras profundas luchas,
pero ahora lo hago porque me se las reglas, porque domino la partida,
porque no hay quien me pare y porque yo me inventé como jugar.
Y esos dioses que me manejan a su antojo, según su providencia,
ciertamente yo los creé, y en mi poder está que mueran, por inmortales que sean.
13 de agosto de 2010
Tras pequeñas épicas
He visto centenarios ardiendo
y no he sabido como zafarme.
He visto estallar aeroplanos
en mitad de la tormenta.
¿Cómo llegar al destino frustrado
si no se cree en él siquiera?
¿Cómo centrarse en pequeñas historias
si siempre nos hablan de épicas?
y no he sabido como zafarme.
He visto estallar aeroplanos
en mitad de la tormenta.
¿Cómo llegar al destino frustrado
si no se cree en él siquiera?
¿Cómo centrarse en pequeñas historias
si siempre nos hablan de épicas?
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